Los tres cerditos
Paco construye con paja, Mara con madera y Lola con ladrillos. Cuando llega el Lobo soplando, descubren qué casa aguanta y lo bien que se está juntos.
Cuento popular inglés; recogido por James Orchard Halliwell-Phillipps (hacia 1843) y por Joseph Jacobs (1890).
Tres cerditos se van de casa
Lola¡La haremos muy fuerte, mamá!
Había una vez tres cerditos que vivían con su mamá en una granja junto al campo. Paco era el pequeño y no paraba de tocar su flauta de caña. Mara era la mediana y siempre llevaba un lápiz detrás de la oreja. Lola era la mayor y lo pensaba todo dos veces antes de hacerlo.
Una mañana, mamá cerda les dio un beso a cada uno. —Ha llegado el momento de que cada uno tenga su propia casa —les dijo—. Que sea fuerte, porque por el bosque ronda el Lobo.
Los tres cerditos se despidieron, tomaron sus herramientas y echaron a andar por el camino.
La casa de paja de Paco
Paco¡Listo! ¡Ahora a tocar la flauta!
Al poco rato, Paco encontró a un granjero con un carro lleno de paja. —¿Me regala un poquito? —le pidió con su mejor sonrisa. Con aquella paja, Paco levantó una casita en un abrir y cerrar de ojos.
No tenía ventanas bonitas ni una puerta de verdad, pero a Paco le daba igual. Se tumbó a la sombra con su sombrero de paja y se puso a tocar la flauta. —¡Tiruri, tiruri! ¡Qué bien se vive sin trabajar!
La casa de madera de Mara
Mara¡Toc, toc, toc! ¡Un clavo más!
Mara siguió caminando hasta un bosquecillo lleno de ramas y tablas caídas. Sacó el lápiz de detrás de la oreja, dibujó un plano en una tabla y se puso manos a la obra con su martillo.
¡Toc, toc, toc! Al atardecer ya tenía una casa de madera con tejado y todo. Paco pasó a verla y aplaudió. —¡Qué bonita! Pero has tardado muchísimo. —Un poco más que tú —rio Mara—, pero también es un poco más fuerte.
La casa de ladrillo de Lola
LolaLas cosas bien hechas llevan su tiempo.
Lola, en cambio, se puso su casco amarillo, se ajustó las gafas y pensó mucho antes de empezar. Después, ladrillo a ladrillo y con su paleta, fue levantando paredes gruesas, una chimenea alta y una puerta de roble.
Trabajó un día, y otro, y otro más. Sus hermanos se asomaban a mirarla. —¡Ven a jugar, Lola! —le decían—. ¡Ya está bien de ladrillos! Pero Lola no paró hasta colocar la última teja del tejado.
Llega el Lobo
El LoboMmm… ¡aquí huele a cerdito!
Mientras tanto, en lo más profundo del bosque, alguien olfateaba el aire. Era el Lobo, con su pañuelo naranja de lunares y una barriga que rugía como un trueno.
El Lobo era muy fanfarrón. Presumía de tener los pulmones más fuertes del mundo y de no haber perdido nunca una carrera, aunque no era verdad. Siguió a su nariz hasta la casita de paja y se frotó las patas.
¡Soplaré y soplaré!
El Lobo¡Soplaré y soplaré y tu casa derribaré!
—Cerdito, cerdito, ¡déjame entrar! —dijo el Lobo con voz dulce. —¡Ni hablar! —contestó Paco desde dentro, temblando como un flan.
Entonces el Lobo tomó aire, infló los mofletes y gritó: —¡Soplaré y soplaré y tu casa derribaré! ¡Fiuuuu! La paja salió volando por los aires como si fuera confeti. Paco agarró su flauta y corrió sin parar hasta la casa de Mara.
La casa de madera se tambalea
Mara¡Rápido, a casa de Lola!
—¡Toc, toc! ¿Hay algún cerdito en casa? —canturreó el Lobo junto a la puerta de madera. —¡Para ti no hay nadie! —respondieron Mara y Paco a la vez.
El Lobo sopló y sopló con todas sus fuerzas. ¡Fiuuuu! Las tablas crujieron, los clavos saltaron y la casa de madera se vino abajo. Mara y Paco salieron por la ventana de atrás y corrieron colina arriba hasta la casa de ladrillo.
La chimenea
El Lobo¡Ay, ay, ay, mi trasero!
Lola abrió la puerta, metió a sus hermanos dentro y echó el cerrojo. —Tranquilos —les dijo—. Esta casa está bien hecha. Fuera, el Lobo sopló y sopló hasta ponerse morado, pero la casa de ladrillo no se movió ni un poquito.
Cansado y enfadado, el Lobo vio la chimenea y tuvo una idea. Trepó al tejado muy despacito para que nadie lo oyera. Pero Lola lo oyó todo y puso sobre el fuego una olla grande de agua calentita.
¡Plof! El Lobo bajó por la chimenea y cayó sentado justo dentro de la olla. —¡Ay, ay, ay, mi trasero! —aulló, saltando como una pelota. Salió disparado por donde había entrado, cruzó el bosque sin mirar atrás y nunca, nunca más volvió por allí.
Juntos es mejor
Paco¡Lola, enséñanos a poner ladrillos!
Los tres cerditos se abrazaron y rieron hasta que les dolió la barriga. Paco y Mara habían aprendido algo importante: lo que se hace con prisas se lo lleva el viento.
Al día siguiente, Lola les enseñó a mezclar el cemento y a colocar los ladrillos. Mara dibujó los planos y Paco tocó la flauta para que el trabajo fuera más alegre. Así, entre los tres, construyeron dos casas fuertes junto a la de Lola.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Para hablar después del cuento
- ¿Por qué crees que la casa de Lola no se cayó cuando sopló el Lobo?
- ¿Alguna vez has hecho algo muy deprisa y luego has tenido que repetirlo?
- ¿Cómo se ayudan los tres cerditos al final del cuento?
Muy pronto en este cuento
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