Cenicienta
Cenicienta trabaja junto a la chimenea mientras sus hermanastras se preparan para el baile del palacio. Con la ayuda de su Hada Madrina y de Tilín, vivirá una noche mágica… hasta las doce en punto.
Cuento popular europeo; versión de Charles Perrault (1697), «Cendrillon ou la petite pantoufle de verre».
Junto a la chimenea
Cenicienta¡Buenos días, Tilín! Te he guardado una miga.
Había una vez una muchacha buena y alegre que vivía con su madrastra y sus dos hermanastras, Pomposa y Remilgada. Ellas se pasaban el día probándose vestidos, y a ella le tocaba barrer, fregar y encender el fuego.
Cuando por fin terminaba, se sentaba junto a la chimenea, entre las cenizas, para calentarse las manos. Por eso siempre llevaba una manchita gris en la mejilla, y por eso todos la llamaban Cenicienta.
Su mejor amigo era Tilín, un ratoncito muy listo que vivía detrás del aparador. Cada mañana, Cenicienta le guardaba una miga de pan, y Tilín se la comía dando saltitos de alegría.
Una carta del palacio
Pomposa¡Yo bailaré con el príncipe!
Un día llegó una carta con un sello dorado. ¡El rey daba un gran baile en el palacio para que el príncipe conociera a todas las muchachas del reino!
—¡Yo bailaré con el príncipe! —gritó Pomposa, dando saltitos con su enorme lazo rosa. —Qué tontería. Bailará conmigo —dijo Remilgada, mirándolo todo a través de sus impertinentes.
—¿Y yo? ¿Puedo ir yo también? —preguntó Cenicienta. La madrastra se abanicó con su abanico de plumas de pavo real y se echó a reír. —¿Tú? ¿Con esa ceniza en la cara? Tú te quedas en casa limpiando.
Sola en el jardín
El Hada Madrina¡Ja, ja! ¿Quién ha dicho que no irás?
Llegó la noche del baile. La madrastra y las hermanastras se marcharon muy emperifolladas, y Cenicienta se quedó sola en el jardín, mirando a lo lejos las luces del palacio. Una lagrimita le rodó por la nariz.
De pronto, ¡plin!, el aire se llenó de estrellitas. Apareció una señora redonda, con unas gafas naranjas y un vestido amarillo lleno de estrellas, que se reía a carcajadas. —Soy tu Hada Madrina —dijo—. ¿Quieres ir al baile? ¡Pues irás!
¡Calabaza, carroza!
Tilín¡Cochero Tilín, a sus órdenes!
—Tráeme la calabaza más grande del huerto —pidió el hada. Cenicienta la trajo rodando. El hada la tocó con su varita y, ¡zas!, la calabaza creció y creció hasta convertirse en una carroza naranja con ruedas de oro.
Después tocó a seis ratoncitos, que se convirtieron en seis caballos blancos. Y a Tilín le apareció un sombrerito de cochero con pluma: ¡ya podía llevar las riendas!
Por último, el hada tocó a Cenicienta. Su delantal se volvió un vestido lavanda lleno de estrellas, y en sus pies brillaron dos zapatitos de cristal. —Una cosa más —dijo el hada, ya sin reírse—. A las doce en punto, la magia se acaba. ¡No lo olvides!
El baile
El Príncipe¿Quieres bailar conmigo?
Cuando Cenicienta entró en el salón del palacio, la música se paró y todo el mundo se dio la vuelta. ¿Quién sería aquella princesa desconocida?
El príncipe se acercó, hizo una reverencia y le preguntó: —¿Quieres bailar conmigo? Bailaron un vals, y otro, y otro más. Hablaron de estrellas, de ratones y de pasteles, y se rieron muchísimo. Pomposa y Remilgada la miraban con la boca abierta. ¡Ni se imaginaban que aquella princesa tan elegante era Cenicienta!
¡Talán, talán!
Cenicienta¡Las doce! ¡Me tengo que ir!
Cenicienta estaba tan contenta que se olvidó de mirar el reloj. De repente, la campana de la torre empezó a sonar: ¡talán, talán, talán! —¡Las doce! —exclamó Cenicienta—. ¡Me tengo que ir!
Salió corriendo escaleras abajo, tan deprisa que uno de sus zapatitos de cristal se quedó en un escalón. Con la última campanada, su vestido volvió a ser un delantal, la carroza volvió a ser una calabaza y Tilín volvió a ser un ratoncito. El príncipe llegó corriendo a la escalera, pero ya era tarde. Allí solo encontró un zapatito de cristal, pequeño y brillante.
Casa por casa
Pomposa¡Me cabe! ¡Bueno… casi!
Al día siguiente, el príncipe recorrió el reino con el zapatito sobre un cojín rojo. —Encontraré a la muchacha a la que le quede bien —anunció.
Se lo probaron todas las muchachas del reino, una por una. Por fin llegó a casa de Cenicienta. Pomposa empujó y empujó, pero solo le entraban los dedos. —¡Me cabe! ¡Bueno… casi! —refunfuñó.
Remilgada estiró el pie todo lo que pudo, pero el zapatito se le quedaba pequeño hasta en el talón. La madrastra cerró su abanico de golpe. ¡Qué disgusto!
¿Y si me lo pruebo yo?
Cenicienta¿Puedo probármelo yo?
—¿Puedo probármelo yo? —preguntó una vocecita desde la chimenea. Las hermanastras se rieron. Pero el príncipe se arrodilló con su cojín rojo y le puso el zapatito a Cenicienta.
¡Le quedaba perfecto! Entonces Cenicienta sacó del bolsillo del delantal el otro zapatito de cristal. El príncipe miró aquella manchita de ceniza en la mejilla y sonrió: era ella.
Un final con abrazos
Cenicienta¡Claro que sí! Somos familia.
Pomposa y Remilgada se pusieron coloradas como tomates. —Perdónanos por ser tan antipáticas —dijeron a la vez. Cenicienta tenía un corazón tan grande como una calabaza, así que les dio un abrazo. —¡Claro que sí! Somos familia —dijo sonriendo.
Poco después, Cenicienta y el príncipe celebraron su boda en el palacio. Pomposa bailó con su lazo rosa, Remilgada se olvidó de sus impertinentes y el Hada Madrina, que no se perdía una fiesta, convirtió a Tilín en cochero por un día. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Para hablar después del cuento
- ¿Por qué llamaban Cenicienta a la protagonista?
- ¿Qué pasaba cuando el reloj daba las doce en punto?
- ¿Qué hizo Cenicienta cuando sus hermanastras le pidieron perdón? ¿Qué habrías hecho tú?
Muy pronto en este cuento
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