Blancanieves
Una reina presumida, un espejo que solo dice la verdad y siete enanitos mineros que cuidan de Blancanieves. El cuento de los hermanos Grimm, contado para los más pequeños.
Cuento popular alemán recogido por los hermanos Grimm (1812).
Un espejo que siempre dice la verdad
La ReinaEspejito mágico, ¿quién es la más bella del reino?
Érase una vez, en un castillo de torres color ciruela, una reina muy presumida. Tenía una corona con puntas de luna y un vestido que brillaba como la noche. Pero lo que más quería en el mundo era su Espejo Mágico, que solo sabía decir la verdad.
Cada mañana, la Reina se plantaba delante de él y preguntaba: —Espejito mágico, ¿quién es la más bella del reino? Y el Espejo, con su cara tranquila, respondía: —Tú, majestad. Hasta que un día contestó otra cosa: —Ahora la más bella es Blancanieves, la de corazón dulce y alegre.
El cazador de buen corazón
El Cazador¡Corre, Blancanieves, escóndete en el bosque!
Blancanieves vivía en el castillo. Tenía una trenza negra como el carbón, con una pinza en forma de copo de nieve, y la risa más bonita del reino. A la Reina aquello no le gustó nada. Llamó al Cazador y le ordenó: —Llévate a Blancanieves al bosque, y que no vuelva nunca.
Pero el Cazador tenía un corazón grande y blando. Cuando llegaron entre los árboles, se quitó el gorro y le dijo bajito: —Corre, Blancanieves, escóndete en el bosque. Yo le diré a la Reina que te has ido muy lejos.
Una casita con siete camitas
Blancanieves¡Siete tacitas y siete camitas! ¡Qué casa tan ordenada!
Blancanieves corrió y corrió hasta que se le cansaron los pies. Entonces vio una casita escondida entre los helechos, con la puerta pintada de verde y una chimenea que olía a pan recién hecho.
Dentro todo era pequeñito: una mesa con siete platitos, siete tacitas y siete cucharitas. Y en el piso de arriba, siete camitas en fila. Blancanieves estaba tan cansada que se tumbó a lo ancho de tres camitas y se quedó dormida.
Siete mineros en la montaña
Pico¡A casa, compañeros, que se hace de noche!
Mientras tanto, en lo más hondo de la montaña, siete enanitos picaban piedras que brillaban como estrellas. Pico, el mayor, iba siempre el primero con su gorro rojo. Farol alumbraba los rincones oscuros, porque no daba un paso sin su farol encendido. Y Cascabel tocaba el acordeón para que el trabajo fuera más alegre.
Cuando el sol se escondió, Pico dio la señal. Y los siete volvieron a casa cantando por el sendero: Pico, Farol, Cascabel, Brote, Ovillo, Chispa y Puchero.
Sopa para ocho
Puchero¡Esta noche hay sopa para ocho!
Al entrar, los enanitos se quedaron con la boca abierta. ¡Alguien había usado sus tacitas! ¡Y alguien dormía en sus camitas! Brote, el más pequeño, se escondió detrás de su maceta. Farol levantó el farol con mucho cuidado... y allí estaba Blancanieves, que se despertó con un bostezo.
Ella les contó su historia y los enanitos la escucharon muy serios. —Quédate con nosotros —dijo Pico—. Aquí la Reina no te encontrará. Puchero, el cocinero, sacó su cucharón y anunció que esa noche había sopa para ocho. Desde aquel día, la casita se llenó de risas.
La vendedora de manzanas
La Vendedora de Manzanas¡Manzanas dulces como la miel! Prueba una, bonita.
Pero en el castillo, el Espejo volvió a decir la verdad: Blancanieves vivía en el bosque, con siete enanitos. La Reina se puso roja de rabia. Se disfrazó de viejecita, con un mantón remendado y una nariz larguísima, y llenó una cesta de manzanas rojas y brillantes.
Así llegó a la puerta de la casita. Los enanitos le habían dicho a Blancanieves que no abriera a nadie, pero aquella manzana olía tan bien... Dio un mordisquito y, ¡plof!, se quedó profundamente dormida.
Un sueño muy profundo
Chispa¡Tiene que existir un invento para despertarla!
Cuando los enanitos volvieron, encontraron a Blancanieves dormida, con las mejillas sonrosadas. La llamaron, le cantaron y Cascabel tocó su canción más alegre... pero no despertó.
Chispa probó todos sus inventos, y ninguno funcionó. Farol dejó su farol encendido junto a ella toda la noche. Y Ovillo, el enanito dormilón, por una vez no pegó ojo: le prestó su almohada y se quedó a su lado, vigilando. Así la cuidaron, día tras día, en un claro del bosque lleno de flores.
¡Pataplán!
Blancanieves¿Dónde estoy? ¡Qué sueño tan largo!
Una mañana pasó por allí un príncipe que iba recogiendo flores silvestres por el camino. Al ver a Blancanieves, se quedó quieto con su ramillete en la mano. —¿Puedo ayudar a llevarla a mi castillo? Allí la cuidarán los mejores médicos del reino.
Los enanitos la levantaron con mucho cuidado. Pero Pico tropezó con una raíz, ¡pataplán!, y con el meneo saltó de la boca de Blancanieves el trocito de manzana. Blancanieves abrió los ojos, se estiró y sonrió a sus amigos.
Una fiesta con acordeón
Cascabel¡Que suene la música para Blancanieves!
Aquel mismo día, la Reina preguntó otra vez a su Espejo. —La más bella es Blancanieves, y está despierta y feliz —respondió. Y, ¡crac!, el espejo se agrietó de arriba abajo. La Reina cogió su corona y se marchó del reino, para no volver jamás.
Blancanieves, el Príncipe y los siete enanitos celebraron una fiesta enorme. Puchero cocinó tarta de manzana, ¡de las buenas!, Chispa lanzó chispas de colores y Cascabel tocó el acordeón hasta que bailó todo el bosque. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Para hablar después del cuento
- ¿Por qué crees que el Cazador ayudó a Blancanieves?
- ¿Qué hizo cada enanito para cuidar de Blancanieves? ¿Cuál te gustaría ser tú?
- ¿Qué harías si alguien a quien no conoces te ofreciera algo de comer?
Muy pronto en este cuento
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